se bañaba, su celular vibró sobre la mesa.
“Ya te extraño. Anoche estuvo increíble.”
El contacto no tenía nombre, solo un corazón rojo.
Cuando lo enfrenté, ni siquiera se molestó en mentir.
—Se llama Daniela —dijo, abrochándose la camisa—. Tiene dieciocho.
Sentí que el piso se me abría.
—¿Dejaste a tu esposa y a tu hijo recién nacido por una niña? Segurosmédicos
Ricardo soltó una risa fría.
—No dramatices, Carmen. Tú ya estás grande. Yo todavía quiero vivir.
Me quedé muda.
Entonces miró hacia la cuna, donde Emiliano dormía ajeno