después.
Pero nada de eso fue mi venganza.
Mi verdadera victoria ocurrió mucho antes.
Fue aquella noche, cuando mi padre me cubrió de vino esperando ver nuevamente a la niña que bajaba la cabeza.
Y descubrió que esa niña ya no existía.
Hoy sigo trabajando en Altamira.
Santiago y yo continuamos protegiendo nuestra vida privada.
No aparecemos constantemente en revistas.
No necesitamos hacerlo.
Mi familia todavía intenta reconstruir una relación conmigo, pero ahora existe una diferencia.
Las condiciones las pongo yo.
Respeto.
Límites.
Y ninguna segunda oportunidad para la crueldad