Durante siete años cultivé la huerta sola mientras mi esposo regalaba los sacos a su hermana: el verano en que dejé de trabajar para elloskara

al patio con su bata puesta y lo detuvo.

Le señaló un pedazo pequeño al fondo del terreno, el único espacio disponible. Cuando Marian protestó diciendo que ahí no cabía ni la mitad de lo que necesitaba, ella respondió con calma que quien quisiera papas para Doina tendría que plantarlas, deshierbarlas, regarlas y cosecharlas por su cuenta.

La discusión escaló rápidamente. Marian le reclamó que después de tantos años estuviera «haciendo cuentas». Ella le aclaró que no hacía cuentas entre ellos dos, sino entre ella y los parientes de él.