la computadora.
Javier entró en la cocina con una caja de pan dulce.
Miró mi cabeza.
Sonrió.
—Veo que no te lo tomaste tan mal.
—¿Lo hiciste tú solo?
La sonrisa se le movió apenas.
—Claro.
—¿Seguro?
—¿Quién más habría sido?
Dejó la caja sobre la barra.
—Andrea, en serio, es cabello. Vuelve a crecer.
Lo miré durante unos segundos.
Él creía que antes de terminar el día tendría acceso a 18 millones de pesos.
No sabía que acababa de perderlos.
Y yo todavía no sabía para qué los necesitaba