sus tiendas.
—Tu papá ya ni entiende lo que está pasando —me dijo.
Abrí la puerta.
—Sal.
—¿Vas a tirar nuestro futuro por esta granja?
—No.
Lo miré.
—Voy a salvar mi futuro de ti.
Rompimos el compromiso.
Años más tarde siguió comprándome queso porque le daba dinero.
Yo creía que al menos había aprendido a separar los negocios del rencor.
Me equivoqué.
Volví al presente cuando Gabriel habló.
—Natalia, no vayas sola a la cena si no te sientes segura.
—No necesito que me protejas.
—Lo sé.
Aquella respuesta