Sonrió.
—Esa deuda no aparece en mis estados financieros.
No lo perdoné ese día.
Ni esa semana.
Ni ese mes.
Gabriel tenía una razón para haberse marchado.
Nunca tuvo una buena razón para guardar silencio durante 14 años.
Así que no hizo promesas.
Apareció.
Un domingo llegó con una caja de herramientas.
Reparó una bomba.
Otro día ayudó a cambiar parte del techo.
Cuando mi padre repetía la misma historia 4 veces, Gabriel la escuchaba 4 veces.
Algunas mañanas papá lo reconocía.
Otras preguntaba quién era.
Gabriel siempre respondía igual.
—