El día del funeral de mi abuela, la familia entera se reunió en una escena que combinaba lágrimas, abrazos y recuerdos compartidos. Cada persona, a su manera, intentaba despedirse de la mujer que había sido el corazón silencioso de nuestra familia durante décadas.
Mi hermana mayor, Andreea, ocupaba el primer lugar entre los dolientes. Recibía consuelo, palabras cariñosas y toda la atención de los presentes. Yo, en cambio, me quedé más atrás, en silencio, repasando mentalmente los últimos cinco años de mi vida.