verdadero regalo. La herencia más importante no había sido la casa. Ni el dinero. Ni los objetos valiosos. La verdadera herencia era la lección que nos dejó: el amor no se mide en riquezas, sino en presencia, bondad y en los momentos que elegimos compartir con quienes queremos.
Porque al final, no son los edificios los que permanecen en nuestro corazón, sino las personas que nos hicieron sentir amados.