dichas desde el corazón y los momentos vividos junto a los seres queridos no se pueden comprar ni reemplazar.
Me agradecía por algo que, según decía, era más valioso que el dinero: mi tiempo. Escribía que yo había estado a su lado sin esperar nada a cambio, no por herencia ni por promesas, sino porque me importaba de verdad. Que en sus años más solitarios, mi presencia había sido el mayor regalo.
Leí la carta entre lágrimas.
El desenlace: la verdadera herencia
En los meses siguientes, Andreea dedicó gran parte