a papel viejo y a hombres que se ganan la vida archivando el duelo por orden alfabético.
Sobre su escritorio había una pequeña caja de madera cerrada con llave. Me entregó la llave y dijo que Thomas había dado instrucciones específicas de que fuera yo quien la abriera. El pequeño chasquido metálico sonó demasiado fuerte para algo tan diminuto. Dentro había cinco sobres, uno para cada uno de nosotros; todos llevaban la dirección escrita con la letra temblorosa que Thomas tuvo en sus últimos años.
Buscamos rincones en el despacho