Entonces noté el silencio detrás de mí.
Giré.
Mauricio se había quedado inmóvil junto a la acera.
Completamente inmóvil.
Su rostro había perdido el color.
Porque mis hijas tenían mis ojos.
Pero el cabello oscuro, las cejas, la forma de la mandíbula y hasta aquel pequeño gesto serio de Valentina pertenecían a él.
Mauricio miró a las niñas.
Después me miró a mí.
Volvió a mirarlas.
—Renata…
Su voz apenas salió.
Sofía se escondió detrás de mi abrigo.
Camila me apretó la mano.
Mauricio dio 1 paso hacia nosotros.
—¿Quiénes