de que aprendiera a creer que amar a alguien significaba cargar con sus secretos.
Una tarde, mientras Mateo hacía espacio en la sala para el perro que finalmente terminó convenciéndome de adoptar, recibí un mensaje de Elena.
El procedimiento había concluido.
Guardé el teléfono.
Abrí las ventanas.
Entró aire fresco.
Mateo apareció cargando una cama para perro demasiado grande.
-¿Dónde pongo esto?
Señalé un rincón.
-Ahí.
Y mientras lo veía discutir con un cachorro que acababa de robarle un calcetín, entendí finalmente algo que ningún abogado había tenido que explicarme.