Desperté de un coma y escuché a mi hijo susurrar: “No abras los ojos, mamá… papá está esperando que te mueras.” En ese instante entendí que mi accidente no había sido un accidente, y que mi esposo y mi propia hermana estaban esperando mi muerte para quedarse con todo.

La doctora se inclinó.

—No hable todavía.

Pero Valeria necesitaba hacerlo.

Su voz salió como un hilo.

—Ya pensé… en él.

Sergio dejó de luchar por un instante.

Tal vez porque entendió que esa frase era su sentencia.

Renata, en cambio, no mostró arrepentimiento. Solo rabia.

—Siempre ibas a ganar —escupió desde el piso—. Hasta muriéndote ganabas.

Valeria la miró.

No con odio.

Con una tristeza inmensa.

Porque recordó a la niña que se escondía detrás de ella cuando escuchaban pleitos en casa. Recordó las trenzas, los cuadernos compartidos, las