empresa donde él tendría el control absoluto.
—No voy a firmar esto —le dijo.
La cara de Sergio se endureció.
Esa misma noche, al bajar por una curva, los frenos no respondieron.
La puerta del cuarto se abrió de golpe.
Mateo soltó la mano de su madre como si lo hubieran sorprendido robando.
—¿Otra vez aquí? —dijo Sergio con fastidio—. Ya te dije que tu mamá no te escucha.
—Solo quería verla —susurró Mateo.
Sergio vestía camisa blanca, saco caro y esa cara de viudo anticipado que había perfeccionado para