después descubrió algo más importante: aquel hombre temido por media ciudad nunca había levantado la voz contra ella.
Cuando discutían, esperaba.
Cuando ella decía «no», era no.
Cuando Lucía despertaba sobresaltada recordando aquellos años con Álvaro, Adrián no preguntaba por qué todavía le afectaban. Encendía la lámpara, le llevaba agua y permanecía despierto hasta que ella volvía a dormirse.
Por eso se había casado con él.
No por su dinero.
No por su nombre.
Por la tranquilidad.
Álvaro encontró exactamente lo contrario al regresar a su despacho.
La reunión comenzó