me abrazaba. No me decía que me amaba. Tampoco hablaba casi nunca de mi madre. Lo único que sabía era que había muerto unos meses después de mi nacimiento.
Cada vez que, de niña, le preguntaba a quién me parecía, mi padre respondía:
—Tienes los ojos de tu madre.
Después guardaba silencio y se marchaba.
Pero aquella noche parecía un hombre completamente diferente. Había reservado una mesa privada en un restaurante caro y llevaba el traje negro que había guardado durante años en su armario. En el centro de la