que Clara nunca había escuchado mencionar en casa.
—Su padre y yo empezamos juntos —dijo Ernesto—. Éramos socios antes de que usted naciera.
Clara volvió a mirar la fotografía.
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—Mi padre trabajaba por su cuenta.
—Eso fue lo que él quiso que usted creyera mientras era niña.
Clara levantó la vista.
Por primera vez desde que Álvaro había dejado su maleta junto a la reja, sintió algo distinto al dolor.
Desconfianza.
—No subiré a su auto.
Ernesto asintió.
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—Hace bien.
No intentó convencerla.
Le pidió únicamente diez minutos