algo que le produjo escalofríos.
Su padre había muerto cuando ella tenía 16 años.
Mucho antes de conocer a Álvaro.
Y aun así había temido exactamente aquello que acababa ocurriendo: que la vida de su hija terminara subordinada al apellido de otra familia.
—¿Cuánto vale esa participación? —preguntó.
Ernesto la miró con cuidado.
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—Más de lo que imagina.
Clara cerró el sobre.
—Eso no es una cifra.
Ernesto casi sonrió.
—Definitivamente es hija de Julián.
Entonces se la dio.
Clara tardó varios segundos en comprender el número.
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