la habitación, pero no la tocó. Se arrodilló frente a ella.
Clara abrió mucho los ojos.
El hombre que enfrentaba tormentas, osos y hombres armados parecía incapaz de levantar la mirada.
—Quédate.
Ella no respondió.
Mateo tragó saliva.
—No por la tierra. No por el apellido. No por lo que firmamos. Quédate porque cuando salgo al bosque quiero volver y encontrarte aquí. Porque ahora sé cómo suena esta casa cuando te ríes y no quiero regresar al silencio de antes. Porque cada vez que pienso que podrías bajar esa montaña