hombre atento.
El hombre que sabía exactamente qué decir para tranquilizarme.
Cada noche me entregaba dos pequeñas pastillas blancas.
—Te ayudarán a descansar —me decía.
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Y yo confiaba en él.
Hasta aquella tarde.
Algo dentro de mí me hizo abrir los ojos.
No sabía si era instinto.
No sabía si era miedo.
Pero con el cuerpo pesado y la cabeza envuelta en una niebla extraña, me levanté del camarote.
Tuve que apoyarme en las paredes para caminar.
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Cada paso parecía más difícil que el anterior.
El pasillo se