de fuera. Pero nunca más por quince euros, ¿entendido?
Intentó sonreír.
Una sonrisa pequeña, cansada, pero verdadera.
Luego empujó su viejo cortacésped por la acera, más rápido que cuando había llegado.
Yo me quedé junto a la verja viéndolo alejarse.
Toda mi vida enseñé a los niños a no juzgar a nadie por su aspecto.
Y aquel día, con setenta y dos años, fue un padre joven y tatuado quien me devolvió la lección.
Nunca sabemos qué batalla trae encima la persona que llama a nuestra puerta.
A veces la