El chico tatuado que pidió quince euros y terminó cambiándome la vida kara

nada malo.

Sino porque lo juzgué antes de escucharlo.

Una mujer sola, a mi edad, aprende a tener cuidado. A veces demasiado.

—¿Quince euros por todo el jardín? —pregunté.

Él asintió deprisa.

—Sí, señora. Se lo dejo bien, se lo prometo. Los necesito hoy.

Hoy.

Esa palabra se me quedó dentro.

Miré el jardín, luego lo miré a él. Cualquier jardinero habría cobrado mucho más. Ochenta euros, quizá cien.

—¿Cómo te llamas?

—Álvaro.

—Está bien, Álvaro. La puerta lateral está abierta.

Bajó la mirada y soltó el aire despacio.

—Gracias,