ventana.
—Ven a verlo.
A los veinte minutos, Mercedes estaba en mi puerta con las gafas colgando del cuello.
Caminó por el sendero.
Miró los bordes.
Miró los escalones.
Miró incluso detrás del rosal, como si fuera inspectora de algo.
—Pues mal no está —dijo.
En boca de Mercedes, eso era casi un aplauso.
—¿Cuánto cobra?
—Lo justo —respondí.
—Isabel…
—Lo justo, Mercedes. No quince euros por un jardín entero.
Se llevó una mano al pecho, como si le hubiera dicho una barbaridad.
Pero al final aceptó que Álvaro fuera