El chico tatuado que pidió quince euros y terminó cambiándome la vida kara

trabajar.

Por primera vez, sonrió de verdad.

Pequeño.

Cansado.

Pero de verdad.

Al día siguiente llamé a Mercedes, mi vecina de la esquina.

Mercedes es buena persona, pero de esas buenas personas que antes de confiar hacen tres preguntas, miran por la mirilla y luego hacen otras dos.

—¿Tatuajes en el cuello? —me dijo por teléfono.

—Sí, Mercedes.

—Ay, Isabel…

—Ay, nada. Tiene diecinueve años, una hija pequeña y más educación que muchos señores con camisa planchada.

Hubo silencio al otro lado.

—¿Y trabaja bien?

Miré mi jardín por la