El chico tatuado que pidió quince euros y terminó cambiándome la vida kara

no pude seguir mirándolo desde dentro como una vieja desconfiada.

Preparé un vaso grande de agua fresca, un poco de zumo y dos bocadillitos pequeños. Salí al jardín.

—Álvaro, para un momento y bebe algo.

Él apagó enseguida el cortacésped y se enderezó preocupado.

—¿He hecho algo mal? ¿Hay alguna parte que no le guste?

—No —le dije—. Estás trabajando muy bien. Pero no eres una máquina.

Cogió el vaso con las dos manos.

—Gracias, señora.

Bebió en silencio, casi con vergüenza. De cerca no parecía peligroso.

Parecía cansado.

Demasiado