confiar hacen tres preguntas, miran por la mirilla y luego hacen otras dos.
—¿Tatuajes en el cuello? —me dijo por teléfono.
—Sí, Mercedes.
—Ay, Isabel…
—Ay, nada. Tiene diecinueve años, una hija pequeña y más educación que muchos señores con camisa planchada.
Hubo silencio al otro lado.
—¿Y trabaja bien?
Miré mi jardín por la ventana.
—Ven a verlo.
A los veinte minutos, Mercedes estaba en mi puerta con las gafas colgando del cuello.
Caminó por el sendero.
Miró los bordes.
Miró los escalones.
Miró incluso detrás del rosal, como