El chico tatuado que pidió quince euros y terminó cambiándome la vida kara

si fuera inspectora de algo.

—Pues mal no está —dijo.

En boca de Mercedes, eso era casi un aplauso.

—¿Cuánto cobra?

—Lo justo —respondí.

—Isabel…

—Lo justo, Mercedes. No quince euros por un jardín entero.

Se llevó una mano al pecho, como si le hubiera dicho una barbaridad.

Pero al final aceptó que Álvaro fuera el sábado.

Después llamé a Pilar, que vivía dos calles más abajo y tenía un patio lleno de macetas secas desde que su marido ingresó en una residencia.

Luego hablé con Tomás, un viudo que