estaba.
—Déjala —dijo Beatrice—. Ya volverá.
Craig no respondió.
Miró la puerta.
Algo en la forma en que Peyton se había marchado no le gustaba.
No había lágrimas.
No había amenazas.
No había promesas de volver.
Había una tranquilidad extraña.
Como si la decisión hubiera sido tomada mucho antes de aquella cena.
Craig tomó su teléfono.
La pantalla estaba llena de notificaciones.
No prestó atención al principio.
Después recordó los dos movimientos que Peyton había hecho antes de salir.
Uno.
Otro.
Y el teléfono desapareciendo en su bolsillo.
La miró