aquí hoy gracias a dos personas. Mi madre, que nunca se rindió conmigo… y Daniel, que hace años me enseñó que para ser padre no siempre hace falta compartir el mismo apellido.
Miré a mi esposo.
Estaba intentando no llorar.
Y por primera vez comprendí de verdad lo peligrosa que puede llegar a ser la historia que construye nuestro miedo antes de conocer toda la verdad.