Hombres vestidos de traje que jamás explicaban qué hacían allí.
Y una regla que todos los empleados conocíamos.
Nadie entraba al despacho del señor Castañeda sin permiso.
Nadie.
Aquella mañana yo ya había roto otra regla.
Había llevado a mi hija al trabajo.
La niñera me llamó a las 5:40 para decirme que tenía fiebre.
Mi hermana no respondió.
Y yo solo tenía 2 opciones.
Faltar y perder un día de sueldo que necesitaba para pagar la renta.
O llevar conmigo a Mía, de 3 años, y esconderla unas