tirar.
Dentro había un cuaderno.
Decenas de páginas escritas a mano.
Reconocí inmediatamente su letra.
Fechas.
Facturas.
Números de lote.
Fotografías.
Nombres.
Firmas.
Y 17 reportes relacionados con materiales defectuosos utilizados en varias obras.
Uno de ellos llevaba una autorización.
Arturo Beltrán.
Me quedé mirando aquella firma.
Era el mismo lote del que había hablado en la bodega.
Diego había descubierto que una empresa vinculada con los Beltrán llevaba años sustituyendo materiales certificados por otros mucho más baratos.
El andamio que colapsó tenía piezas de ese proveedor.
Pero había algo