la verdad.
Arturo retrocedió hacia la puerta.
Pero ya era tarde.
Vehículos policiales bloquearon la salida de la bodega.
Los siguientes minutos ocurrieron demasiado rápido.
Órdenes.
Gritos.
Personas contra la pared.
Mía llorando contra mi pecho.
Yo apenas podía comprender que finalmente la tenía conmigo.
Aquella noche no abrí la caja.
Esperé 3 días.
Lo hice en el despacho de Vicente, con Ramiro presente y un abogado independiente sentado frente a nosotros.
La llave estaba escondida dentro del forro de una chamarra vieja de Diego que yo nunca había podido