cerrar el cuaderno.
—Él sabía —susurré.
Vicente no contestó.
—Sabía que corría peligro.
—Sí.
—Y siguió.
Vicente miró las páginas.
—Porque 17 hombres dependían de que alguien no mirara hacia otro lado.
Lloré.
Durante 2 años había pensado que Diego había muerto por mala suerte.
Luego creí que había muerto salvando a Vicente.
La verdad era todavía más difícil.
Mi esposo había muerto después de intentar impedir que otros hombres terminaran como él.
Los meses siguientes fueron lentos.
No hubo milagros.
Hubo abogados.
Auditorías.
Peritajes.
Trabajadores que al principio tenían