Un hijo. Un hijo mío y de Anna. Durante cuarenta años había creído que solo la había perdido a ella.
—¿Estabas esperando a mi hijo?
—Sí.
—¿Y qué pasó con el bebé?
Anna miró hacia otro lado.
—La entregué en adopción.
—¿Por qué?
—Tenía veinte años, estaba sola y aterrada. Tu madre me había convencido de que ya no me querías. Me dijo que la beba tendría una vida mejor con una familia que pudiera darle lo que yo no podía.
—¿Y le creíste?
—No sentí que tuviera otra salida.