rompía los huevos, y siempre dejaba pedacitos de cáscara en el bol.
—En ese entonces era igualita a mí.
—Todavía lo es.
En Millfield, medio pueblo decía que Rebecca era la cara de su madre.
—Menos los ojos verdes —agregué—. Esos ojos siempre la hacían destacar.
Carol giró suavemente el rostro hacia el otro lado.
—Sí… definitivamente sí.
Se quedó en silencio unos instantes.
—A tu madre le habría encantado verla adulta.
Pensé en Ruth, mi mamá, muerta ya hacía una década. Todavía había gente en Millfield que la recordaba