espejo: cabello desordenado, camiseta vieja, pantalones deportivos y una mujer que ya no necesitaba esconderse.
—La madre de Sarah —respondí—. Era lo único que necesitabas saber.
Cuando las puertas se cerraron, toda la tensión abandonó mi cuerpo. La rodilla cedió y tuve que sentarme en el banco.
Sarah corrió hacia mí.
—¿Estás herida?
—Sólo necesito hielo.
Se arrodilló delante de mí, pero su expresión no era de alivio.
—¿Por qué nunca me lo contaste?
No fingí no entender.
—Porque aquella parte de mi vida terminó de una forma terrible.
Le