María permaneció inmóvil en la puerta.
Sofía seguía junto a mí, con una mano sobre la manta.
Me limpié el rostro antes de incorporarme.
—¿Quién era su padre?
María palideció.
—Daniel…
—Dime la verdad.
Ella miró hacia su hija.
—Sofía, ve a la cocina con Rosa.
Cuando la niña desapareció, María cerró la puerta.
—Se llamaba Gabriel Torres.
El nombre me golpeó.
Me levanté lentamente.
—Eso es imposible.
Gabriel Torres había trabajado para mí seis años atrás. Era conductor y mensajero, uno de esos hombres discretos que nunca hacían preguntas.