para nosotros.
Ni para nuestras hijas.
Las estaba haciendo para ella sola.
Apenas unos días antes, los médicos nos habían dicho que una complicación durante el parto había dejado ciegas a nuestras tres bebés.
Para Clarissa, aquello significaba una condena de por vida.
Para mí, simplemente era una nueva realidad que tendría que aprender a enfrentar.
La miré sin poder creer lo que estaba viendo.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté.
Ella ni siquiera lloró.
No pidió perdón.
No intentó inventar una excusa.
Cerró la primera maleta.
Se puso de pie.
Y