habría logrado completamente solo.
Mi hermano me ayudaba siempre que podía a cuidar a las niñas.
La señora Álvarez, nuestra vecina del piso de abajo, se quedaba con ellas dos noches por semana y jamás aceptó que le pagara.
Al principio, la ceguera me aterraba.
No sabía qué clase de mundo podría construir para mis hijas.
Pero aprendí algo muy rápido.
El orgullo no calienta biberones.
El orgullo no compra pañales.
Así que acepté toda la ayuda que me ofrecieron.
Y seguí adelante.
Aprendí cuál de las tres necesitaba que