la mecieran.
Cuál se calmaba cuando le tarareaba una canción.
Y cuál solo necesitaba sentir mi mano sobre su estómago para quedarse dormida.
Después ocurrió algo que cambió mi manera de verlo todo.
Las vi girar la cabeza al escuchar mi voz.
Buscarse entre ellas con las manos.
Y reírse como cualquier otra niña.
Entonces comprendí que la ceguera no les impediría vivir.
Solo tendrían que aprender a hacerlo de otra manera.
Cada mañana preparaba tres loncheras.
Eso me enseñó qué era realmente importante.
Las niñas crecieron muy deprisa.
Aprendí