robado.
No todavía.
Quería que fuera ella quien se delatara.
Y no tuve que esperar mucho.
A las diez de la mañana, Mónica salió de su casa.
Al ver la mesa, se quedó inmóvil.
Su rostro pasó del desconcierto a la furia.
—¿Qué demonios estás haciendo, Claire?
Me volví lentamente.
—Nada que tú no hayas hecho.
—¡Estás loca!
—¿Ah, sí?
Señalé las fotografías.
—Entonces explícame por qué esta mañana aparecieron más de cien manzanas y peras en tu garaje.
Mónica abrió la boca, pero no respondió.
Un vecino que estaba