El broche de latón del viejo maletín de médico de mi abuelo había estado torcido desde antes de que yo naciera. Mi padre me dio ese maletín cuando entré en la facultad de medicina, y luego se negó a hablarme cuando me fui. Cinco años después, lo encontró abierto en mi apartamento junto a algo que nunca había contenido, y dijo que era imposible.
La llamada que recibí esa mañana provenía de un número que aún me sabía de memoria.
“¿Papá?”
Hubo una pausa. Cinco años de silencio, y luego: