inmobiliaria.
Su salario era bueno.
Pero no explicaba 9,600,000 pesos.
Mucho menos las sociedades creadas en Guadalajara, Mérida y Monterrey que compartían apoderados, correos electrónicos y domicilios fiscales.
El adulterio había sido casi un detalle secundario.
Lo peligroso era el dinero.
—Voy a dormir en la habitación de invitados —dije.
Nicolás soltó una carcajada.
—Mañana hablaremos de cómo vamos a repartir todo.
Lo miré.
—Claro.
Cerré la puerta de la habitación y abrí mi computadora.
Durante 3 horas organicé documentos públicos, actas corporativas, movimientos bancarios que habían llegado