recibía consuelo.
Y yo quedaba convertida en la única culpable de la historia.
El punto de ruptura definitivo llegó el día de mi graduación de la facultad de Derecho, una ocasión por la que había trabajado incansablemente durante tres años agotadores.
Mis padres me habían prometido solemnemente que asistirían a la ceremonia.
Por eso reservé cuatro asientos privilegiados cerca del frente del auditorio.
Cuando comenzó la ceremonia, esos cuatro asientos permanecieron vacíos.
Un recordatorio silencioso y público de su ausencia.
Aquella noche, sentada sola en una pequeña cafetería, abrí las