atrás de su oreja izquierda. Ahí se detuvo. Miró. Y cuando me devolvió la mirada por el espejo, ya no sonreía.
Al pagar, se inclinó hacia mí y me dijo en voz muy baja que le revisara la oreja al llegar a casa. No quiso decir nada más. Solo: “Aquí no”.
Lo que había escondido detrás de su oreja
En la cocina encontré un parche diminuto del color de la piel. Debajo había un disco negro, del tamaño de un grano de arroz. Cuando le pregunté a Ethan quién se