documentos preparados.
Había aparecido en mi casa justo cuando yo necesitaba creer que alguien de mi antigua familia estaba finalmente de mi lado.
Recordé la frase de mi abuela.
A veces regresan porque necesitan algo.
Metí la mano en el bolsillo y toqué la llave.
Me levanté.
—No voy a firmar nada.
Al día siguiente llamé al despacho jurídico que aparecía en unas viejas cartas de mi abuela.
Cuando dije mi nombre, la recepcionista guardó silencio.
Después me comunicó directamente con uno de los socios.
—Señora Salgado —dijo—, llevamos casi