apartaron la mirada.
Entonces comprendí.
Mi madre no había venido a reconciliarse.
Había venido a presionarme delante de la gente.
Creía que todavía podía avergonzarme hasta conseguir lo que quería.
Pero cometió un error.
Seguía viendo a la muchacha de 19 años que esperaba bajo la lluvia que su madre abriera la puerta.
Esa muchacha ya no existía.
Esa noche abrí el cajón de mi buró y saqué la última carta que mi abuela Elena me había enviado antes de morir.
Ella había sido la única Mendoza que nunca dejó