al menos la pregunta.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Pregúntale si se despidió de Emilia.
Media hora que no fue mía
Cuando volví, Gustavo se puso de pie.
—¿Tuviste en brazos a Emilia?
Se quedó inmóvil.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo?
—Media hora, más o menos.
Media hora. Más tiempo del que yo tuve nunca.
—¿Cómo era? No conozco la cara de mi hija, Gustavo.
Se echó a llorar.
—Tenía tu boca. Y la forma de tus ojos.
Me explicó que, mientras yo seguía en el quirófano, le preguntaron si