quería verla. Que no podía dejar que se fuera sin que uno de sus padres la sostuviera. Eso lo entendí. Lo que no entendí fue lo demás.
—Cuando desperté te pregunté si ya se la habían llevado. ¿Qué me dijiste?
—Que sí.
—¿Era verdad?
No contestó. No hacía falta.
—¿Yo todavía podía verla?
—Sí.
—Me quitaste eso. ¿De qué me protegiste? Me desperté con leche para una bebé que no estaba. No puedo pasar por la puerta de su cuarto.
—Elegí mal —susurró—. Tenía terror de que te destruyera.
—Y