Tomás apareció con su frasco de monedas. Miró la jirafa y luego el frasco.
—Mamá, ¿Emilia se puede quedar con la jirafa igual?
—Sí, mi amor. Es suya.
Puse la tarjeta con las huellitas junto al peluche. Tomás me dio la mano y nos quedamos ahí un rato largo.
El dolor seguía. El enojo también. Pero Emilia también seguía: no viva como la soñamos, no volviendo a casa, pero real, amada y recordada. Y por primera vez desde que nació, dejé la puerta de su cuarto abierta.